F.VILASÍS-CAPALLEJA
1932 Barcelona, Gracia - ESPAÑA


Francesc Vilasís-Capalleja ingresó en la Escola Massana de Barcelona en octubre de 1946. Había nacido en septiembre de 1932 en la antigua Villa de Gracia y había cursado ya clases de dibujo artístico en la clásica Llotja. Aunque no contaba en su familia con tradición artística alguna, desde su infancia mostró una innata afición al dibujo, alcanzando diversas distinciones infantiles.

Desde 1939 dirigía la Escola Massana, Miquel Soldevila, pintor que se había especializado en la técnica del esmalte con la que había alcanzado reconocimiento y diversos premios en Europa. Artista meticuloso y perfeccionista, desarrolló una amplia labor de investigación que le llevó a crear una técnica propia, idónea para la realización de sus preciosistas miniaturas.

En realidad Miquel Soldevila partía de la técnica miniaturista de la escuela de Ginebra, consolidada en el siglo XVII, así como la técnica de Limoges. Ésta consiste en aplicar los colores, transparentes y opacos, sobre el fundente esparcido sobre la plancha de metal de manera parecida a como se pinta sobre lienzo. En determinadas zonas se utiliza el blanco de Limoges, que deja transparentar el color de base. En esta modalidad técnica cabe situar la llamada grisalla: sobre un oscuro azul, casi negro, se modela, con blanco de Limoges, el tema que se desea, dejando transparentar el fondo a través de las capas superpuestas: cuantas más capas mayor claridad. Con ello se conseguían numerosas calidades de grises. Los elementos más decorativos y ricos se realizaban con oro en polvo o con "paillons", finísimas láminas de oro o plata que se recubrían con esmalte traslúcido o transparente. Todo el tema modelado quedaba en ligero relieve.

La técnica ginebrina consiste en pintar con óxidos metálicos muy puros sobre una base blanca opaca, muy dura y resistente a la acción del fuego: sobre ella los colores resaltan de manera viva. Por ser un procedimiento casi igual al de la pintura sobre tela es el sistema con que se han realizado las miniaturas de esmalte.

Miquel Solvedila establecía una amalgama de las dos técnicas: colocaba un fondo oscuro, modelaba el tema y abundaba con los "paillons" de oro y plata, pero a su vez empleaba los óxidos para pintar muchas zonas en minucioso puntillismo.
Miquel Soldevila, en la plenitud de su actividad profesional, prestigió la Escola Massana convirtiéndola en un centro de reconocimiento internacional tanto por los objetos que en ella se creaban como por la enseñanza que en ella se impartía, en la Sección de esmalte. Y desde el primer momento se esforzó en crear un nutrido núcleo de discípulos que recogieran sus técnicas y las aplicaran con toda fidelidad, Este grupo de discípulos comenzó a constituirse en los primeros años cuarenta y conformaría el grupo básico de lo que se ha llamado Escuela de Esmalte de Barcelona. Francesc Vilasís era el más joven de este grupo en que pueden citarse Joan Gironès, Josep Brunet, Antoni Cortada, Núria Ribot, Núria Nialet....

Francesc Vilasís pasó once años en la Escola Massana: los nueve primeros matriculado en los cursos oficiales, en los que alcanzó las máximas calificaciones que podían obtenerse; también desde el primer momento colaboró con el equipo de su maestro, al que no sólo se integró plenamente sino que formó parte del pequeño grupo de discípulos que colaboraban estrechamente con él: en la escuela y en las largas estancias en diversos puntos de Cataluña, realizando encargos de notable amplitud. Dada la corta edad de Vilasís, la entrega en un trabajo que colmaba todos sus deseos y el trato familiar que le deparó Miquel Soldevilla, los años transcurridos en la Escola Massana no sólo le marcaron a nivel profesional sino también en el aspecto humano. No puede extrañarnos que, en plena madurez, dedicara, en gesto inhabitual, una exposición a su maestro: "Siempre he creído que estaba en deuda con mi querido Maestro y eminente esmaltador Miquel Soldevila i Valls. Ahora, después de treinta y cinco años dedicado plenamente y con verdadera vocación al Arte del Esmalte al fuego sobre metal, me hallo con suficiente valor para poder dedicarle con todo respeto esta exposición de mi obra, en un sencillo pero emocionado Homenaje a su memoria", escribía Francesc Vilasís en el catálogo de su muestra en la Galería Comas, en diciembre de 1982. Fueron once años, largos, de intensas vivencias, de formación técnica y estética: así, aprendió a dibujar con una sorprendente perfección académica, aprendió a pintar con precisión realista, aprendió a pintar con precisión realista, aprendió el conocimiento del efecto del fuego se empapó de la creencia de que uno de los componentes de la creación artística es la magnificencia decorativa, según la creencia estética de su maestro. En estos años de su permanencia en la Escola Massana, inició sus actividades expositivas - aparte la participación en las muestras colectivas de la propia Escola -. En abril de 1951 - casi cuatro años después de realizar su primer esmalte- expuso unas piezas en la colectiva de Foment Gracienc de les Arts, entidad que conmemoraba el quinto aniversario de su fundación y de la que Francesc Vilasís era miembro fundador. En esta muestra obtuvo su primera crítica: Juan Francisco Bosch, desde Radio Barcelona decía: "...la meritísima aportación del excelente esmaltista Francisco Vilasís, cuyas obras, de loable pulcritud, merecen las más efusivas alabanzas. Experto, como poquísimos, en la especialidad que cultiva con sumo decoro es tan difícil quehacer, su producción es de las que, por primorosas, difícilmente podrá nadie, no ya superar, sino ni imitar siquiera". Desde el primer momento se concedía un total reconocimiento a su perfección técnica.

Siguen unos largos años de silencioso trabajo y de formación: viajes de estudio a París, Limoges, Florencia, Roma.... Exposiciones en la que se alterna, con frecuencia, la presentación de esmaltes con pinturas.
Esmaltador, pero sin olvidar nunca el dibujo ni siquiera la pintura, aquél siempre academicista, ésta cada vez más decantada por el gusto de color. Son largos años de paciente búsqueda de la perfección técnica, largos años de impaciencia por alcanzar la madurez.

En su juventud, en una ocasión mandó un boceto a su maestro Miquel Soldevila pidiéndole su opinión. Éste, en una carta fechada en Reus, en agosto de 1949, le puntualizaba: "En principio respecto al proyecto que me propones no le veo una mayor dificultad, aunque siempre en base a proceder a la documentación previa del asunto, ya que supongo que el dibujo que me enseñas no es consecuencia de ningún estudio previo del natural, sino un croquis hecho de memoria.
Creo además que tratándose de una imagen estática y sola, sería mejor que todos los elementos, incluidos los accesorios de velos y manto, gravitasen según su peso, sin dar sensación de que los hinchas el viento. Esto es correcto cuando el tema de la composición o el movimiento lo comporta y a través de esta influencia en elementos voleantes expresa alguna circunstancia conveniente, pero en el caso de tu proyecto, conduciría tan sólo a una acentuación de barroquismo improcedente.

Procede, en las horas que te deje libres el esmalte que realizas, a preparar la documentación y después, a concretar definitivamente la base de aquella documentación, el proyecto definitivo, el cual me placerá ver antes de empezar la placa". Creo es importante la transcripción -la lectura- de esta carta, porque ya sea por seguir el consejo de su maestro ya sea por decantación y necesidad personal, Francesc Vilasís trabajará y elaborará los proyectos con toda precisión y minuciosidad, acotándolos, perfilándolos, sin dejar nada al azar.

Largos años de trabajo. En el catálogo de su exposición en la Sala Nonell de Barcelona, en 1978, escribe un amplio texto explicando la evolución del esmalte -que más tarde publicará en fascículo aparte- texto que en realidad es una consideración de las modalidades técnicas del esmalte que han aparecido a lo largo de los siglos.

Sin duda que este escrito, insólito en un catálogo de una muestra individual, responde a una pasión por el medio técnico con el que el creador se expresa. Incluso diría yo que, en estos largos años existía una mayor preocupación por el medio técnico que por la misma estética. "El arte de esmaltar sobre metal, es maravilloso, casi mágico. Su principal elemento es el fuego", nos dirá. Y si en alguna ocasión Vilasís-Capalleja se queja de las malas jugadas que éste gasta de inmediato nos confesará que gracias al fuego, él, los esmaltadores, son capaces de crear una belleza única.

Al igual que su maestro Miquel Soldevila no se limitó a repetir la técnica de manera mecánica: quizá Soldevila lo hiciera por ciertas limitaciones, él por mayores conocimientos. Así, pensó que el fondo oscuro de la tradicional técnica de limoges podía obtener mejores resultados si no era uniforme: en zonas de sombra se podían colocar colores fríos y en las zonas de luz, colores calientes, así cuando se modelaba el tema conseguiría ya efectos nuevos pues el modelado ya quedaba matizado. A la vez incorporó el cincelado y el grabado o tallado del metal que le servía de soporte, logrando así mejores resultados en los reflejos metálicos, en la reverberación del metal: por consiguiente, un mayor esplendor en las partes decorativas y ornamentales de la composición de la obra. En aquellos momentos estaba dedicado a un profundo y minucioso estudio de la técnica empleada en el período gótico denominada "basse-taille" (bajo relieve tallado) con la cual realizó varios encargos de carácter religioso. Con ello se reforzaba un aspecto más propio de la técnica, más propio del esmalte, alejándose de la manera ginebrina, menos técnica, más pictórica. Matiz que aporta unos resultados notables y que ha sido seguido por numerosos esmaltadores.

Pero no son ya las ligeras variaciones técnicas que realiza Francesc Vilasís-Capalleja aquello que tiene en él su mayor valor: aquello que constituye su verdadera aportación, aquello que le singulariza y le hace entrar en la historia del arte, en la historia del esmalte con página propia: es la superación del esmalte como miniatura, como pintura -según él mismo lo concebía quince años atrás.

Fiel discípulo de Miquel Soldevila, durante años buscó la perfección técnica a la vez que el sentido decorativo de la obra.
Tanto podía mostrar su extrema habilidad a través de un clásico tema de miniatura -un vendedor de pescado bajo un porche cubierto con pizarra en una ciudad de ambiente holandés- como podía ser la reinterpretación de una esbelta cabeza renacentista o la combinación de rostros acerados con fastuosos trajes, largas cabelleras y sutiles velos. Todo era estudiado en perfecta composición para mostrar un impar dominio de la técnica y de la habilidad; del conocimiento y dominio del fuego. Pero, en este momento en el que todo es perfecto, en el que uno comienza a repetirse a sí mismo porque le es difícil superarse, en el momento en el que uno crea su propio manierismo, Francesc Vilasís se dio cuenta de que el esmalte no es tan sólo una técnica. Mejor dicho: que el esmalte no debe ser tan sólo una técnica. Por ello, en la muestra de Barcelona en 1976, junto a su preciosismo miniaturista, comienza a superar la técnica, no negándola sino convirtiendo su empleo en heterodoxia: tímidamente emplea marfil, hierro en pequeñas placas,... se mezcla materiales. Este intento halla su afirmación plena en su muestra, también barcelonesa, de 1982: en esta ocasión se presenta no ya como un conocedor profundo de todos los sistemas de hacer el esmalte, sino como un cuestionador de cuanto ha sido el esmalte hasta aquel momento: se rompe el marco en el que el esmalte se encuadra, las piezas son irregulares, llevan incorporado cartón, se aprecia una decantación hacia la tridimensionalidad... y en su última exposición en Barcelona, en 1986, se nos presenta como un seguro demoledor del concepto que del esmalte se ha tenido hasta este momento. Ahora ya no sabemos cómo llamar a las obras que realiza: porque el esmalte, siempre perfecto, cada vez reduce sus dimensiones y, la pequeña placa "de esmalte" se convierte en el elemento organizador de una composición en la que intervienen materiales encontrados, desde la madera al cartón desde la tela al hierro y alambre, incluso hasta otras pequeñas piezas de esmalte del propio artista, que se incorporan no como esmalte sino como elemento cerrado, como objeto hallado -en la memoria y el recuerdo de uno mismo.
Francesc Vilasís-Capalleja se nos presenta como un seguro demoledor del esmalte tradicional y a la vez como el seguro creador del esmalte moderno. Por ello lo hace con una sabia compensación entre lo antiguo y lo nuevo ("Nunca he comprendido por qué para ser moderno es preciso renunciar a todo el aprendizaje académico", nos dirá) conjugando de esta forma conceptos antagónicos. Así, en lo que seguimos llamando "esmalte", sus esmaltes, hallamos en el collage adquiere un valor determinante, cuando el esmalte es precisamente una técnica de impecable superficie; en sus obras hallamos la incorporación de elementos pobres y de deshecho, cuando el esmalte siempre ha sido un objeto suntuoso, sólo utilizable en ocasiones de gran boato. Vilasís-Capalleja ha sabido atacar connotaciones básicas del esmalte injertándolas de connotaciones básicas de modernidad. Estamos ante unas obras que dudamos si podemos seguir llamando esmalte porque en ellas la parte realizada en esta técnica es muy menor, pero sabemos que debemos seguir llamándolas esmalte porque no sólo las realiza un esmaltador sino que el pequeño fragmento realizado con esta ancestral técnica es el origen de la obra, es el centro de la obra, es el ordenador de la obra: la pequeña plancha de metal, vitrificada, es el corazón de la pieza.

Esmaltes en un sentido moderno: que al igual que otras disciplinas artísticas, traspasa límites y rompe convenciones. Este es el gran valor de Francesc Vilasís-Capalleja: estar en el origen, ser el origen de una nueva etapa del esmalte.

A raíz de esta última muestra en Barcelona, en 1986, yo escribía: "La actual exposición de Francesc Vilasís-Capalleja significa el paso más importante dado en el mundo del esmalte en los últimos cuarenta años: por sus aportaciones técnicas y conceptuales. Técnicamente, consigue en el esmalte una extrema perfección y unos resultados únicos en el color, en los opacos.
Conceptualmente, arranca el esmalte de la dependencia de la pintura y de la joyería y lo convierte en auténtica obra autónoma e independiente."
Por todo ello, no es difícil imaginar que en el restringido mundo del esmalte su obra sea considerada a nivel internacional como una de las más destacadas. A raíz de su exposición en Bruselas, en febrero de 1979, escribía Marie-Madeleine Arnold: "Les éaux de Francesc Vilasís, d'une finesse exceptionelle -visages longs et botticelliens de vierges et de jeunes femmes- sont autant de réussitel qui rappellent, sans en démériter, les maitres d'autrefois. Comment ne pas acquiescer à la beauté, à la delicateuse, à l'élégance de ces miniatures qui témoigment de la pèrennité d'un univers artistique sans concessions à la facilité et fort proche d'una perfection presqu'irréelle".

Y junto a las palabras, hechos: reconocimientos que califican su labor sobradamente: como el ser el único artista que ha conseguido dos distinciones en Limonges -en 1975 obtuvo la Medaille Ville de Limoges y en 1984 obtuvo el Prix Internacionale a l'Art de l'Email Peint, en el marco de la III y VII Bienales, respectivamente-, y ser llamado a impartir seminarios y conferencias en San Diego State University, en el Japan Shippo Council de Tokio, en el Museo de Arte Contemporáneo de Hiroshima, en la Universidad alemana de Kaiserslautern, en el Enamel Guild South, Wolfson Campus University de Miami, en l'Ecole Nationale des Arts Décoratives de Limoges, en la Maison des Arts de la canadiense Laval....
Reconocimiento.... Aparte lo que llevo dicho, los aspectos técnicos y conceptuales del mundo del esmalte que modifica y transforma, Francesc Vilasís-Capalleja sigue pensando en el esmalte como un elemento ornamental -en esto no desdeña la historia. Por ello se ha dejado arrebatar por aquella plástica que hizo del ornato su característica esencial: Viena, la Secesión, Klimt... Gustav Klimt, el pintor de la decadencia del decadente imperio austro-húngaro, pintor del mórbido simbolismo, rutilante jugador de la línea y la mancha de color.... Aquellos campos de flores rojas y azules, aquellos trajes de geometría arrítmica engarzados en oro y plata, aquellos besos cuyo erotismo es el estallido de color y formas... Francesc Vilasís-Capalleja queda subyugado por esta sensualidad de la decoración klimtiana; en él, las razones estéticas se imponen a las filosóficas. Viena, Klimt, el esmalte! Todo queda fulgurante. Y todo se une a las figuras que el renacimiento dibujó mejor que nadie. El esmalte, el que Francesc Vilasís-Capalleja ha arrancado de sus antiguos planteamientos y ha encauzado hacia el camino de la auténtica creación.